El pasado y el presente se entremezclan en esta bella ciudad de Miranda do Douro, empinada allá en lo alto, sobre agrestes farallones, por donde la cigüeña negra deja deslizar sus alas al vaivén de su voluntad. A veces, con ellas extendidas, permanece quieta, esperando que el sol seque su plumaje.
Dejar perder la mirada desde la terraza de la Pousada de Miranda es obligación. El abismo pétreo se desliza sin concesiones hasta las mismas aguas del Duero, aguas internacionales, que unen a Portugal y España y conforman los Arribes del Duero.
Hablan en estos días de verano algunas emisoras de radio sobre la Zamora olvidada y recuerdan
lo que vivieron las gentes de otras épocas. En España escaseaban los alimentos y el contrabando
hacía que se pasaran productos desde Portugal a España a través de estos paisajes. Eran todos amigos pese a esa fama que arrastran los dos países, de odio y rencor.
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